domingo, 28 de enero de 2018

El Hambre

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay… no lo hay… Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces…
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas… Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más…
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto. A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester…
Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación… Si el genovés se fuera de una vez por todas… de una vez por todas… ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad…
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Solo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.
Manuel Mujica Lainez  Misteriosa Buenos Aires 

martes, 23 de enero de 2018

Para Bajar un Pozo de Estrellas

Elementos necesarios
Un espejo; un sitio descubierto (puede ser una azotea); una noche oscura y estrellada.
 Instrucciones:
 1. Se toma el espejo y se sube a la azotea.
2. Se pone el espejo boca arriba.
 3. Se tiende uno al lado del espejo.
 4. Se acerca la cabeza al espejo, pero no demasiado: sólo lo suficiente para ver las estrellas allá al fondo.
 5. Se mira con atención la más cercana, hasta poder calcular con exactitud a qué distancia está; luego se cierran los ojos.
 6. Se lleva despacio un pie hacia la estrella: después de tocarla hay que asegurarse de que se ha asentado bien el pie.
7. Asiéndose con una mano del borde del pozo, se busca con el otro pie una nueva estrella, y se la pisa con firmeza.
8. Se busca con la mano libre otra estrella, y se la encierra con la palma.
 9. Se suelta entonces la boca del pozo y se busca con la otra mano una estrella más. Al encontrarla y sujetarla, se mueve el pie que había pisado la primera. Así, descolgándose de estrella en estrella, se continúa hasta llegar al fondo del pozo.

 10. Para salir del pozo se tapa el espejo con la mano y se abren los ojos 
Biografía 
Marcial Souto (1947) nació en , España, su obra se desarrolla en la Argentina. Es un escritor de culto dentro de la literatura de ciencia ficción, sus seguidores le crearon una página en internet que es consultada. En la Argentina fundó revistas de ciencia ficción y dirigió también una afamada colección de libros de ese género. Su obra Para bajar a un pozo de estrellas apareció en la revista El péndulo en 1983.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Quilito Capitulo 1

Pampa se había quedado dormida, acurrucada en el umbral. Envuelta su monstruosa cabeza en el refajo
de bayeta amarilla, que había levantado por detrás al sentarse; un pie montado sobre el otro, como para
prestarse mutuo calor, calzados ambos en gruesos zapatos claveteados; las manos debajo del delantal
blanco, dormía sobre la dura piedra, como sobre un cómodo colchón de muelles. ¡Pobre Pampa! Cansada
del fregoteo de platos, del bruñido de cuchillos y del lavado de vasos, de traer y llevar, de bajar y subir,
de salir y de entrar, había obtenido la promesa de acompañar a la señora a una visita de intimidad aquel
día, lo que le serviría de pretexto, para ver las calles y quizá la plaza de la Victoria; pues con ser 25 de
Mayo, fiesta patria, había Tedéum, rifa, parada militar y qué sé yo. Soñaba la india en las lindas cosas
que vería: tanta bandera; tanta gente endomingada; los niños, con traje de terciopelo, muy orondos,
agarrotados los dedos por los guantes; las niñas, de blanco, unas con banda azul y otras no; las personas
que se agolpaban a las ventanas del Cabildo, donde el transeunte es asaltado por una, dos o tres
señoritas, que le meten por las narices, como si dieran a oler una pastilla, la cedulita de la rifa, y le
marean y le cercan, y le siguen y le persiguen, repitiendo:
—¡Caballero! ¿una cedulita? ¿una cedulita, caballero?—como muletilla de mendigo.
Detrás de la reja, majestuosa y cómodamente sentadas, dos matronas, tan gordas, que casi no caben las
dos de frente, con las costas repletas de papelillos en la falda, despachan su mercancía, echando de vez
en cuando por aquella boca un ¡Caballero! que más parece un bostezo, que un llamado. Luego, los
vendedores de naranjas, de silbatos y de globos; la corriente humana que no cesa de circular, engrosada
por los torrentes que cada bocacalle vomita sobre la plaza; los soldados, tan marciales, en fila, los ojos
sobre el jefe, que recorre la línea a caballo, dejando ondear al viento su penacho azul y blanco; las
músicas, que tocan; el cañón, que truena; los cohetes, que estallan; las campanas, que vibran, y por
último, el Presidente, que pasa, a pie, camino de la Catedral, en medio de los acordes graves y solemnes
del himno nacional, precedido, rodeado y seguido de brillante cortejo.
Pampa hacía sonar, con fruición, en el bolsillo de su vestido de lana nuevo, los centavos que le diera el
patrón para la rifa, cuando alguien la llamó.
—¡Pampa! que tienes que lavar las medias del niño, y traer azúcar del almacén y limpiar el espejo de
la sala, que está perdido de moscas.
Y vuelta al trajín, sin una queja, encerrada en su mutismo de salvaje, no desbastada aún. Y las medias
quedaron lavadas, y se trajo el azúcar y se limpió el espejo; pero, entonces, faltaron fósforos y hubo que
poner un remiendo.
En el patio de la cocina, el último de la casa, tan frío que la humedad trazaba verdosos arabescos en la
pared sin cal, trabajaba la chica febrilmente. Un apetitoso olor de guisado salía de la cocina abierta,
donde una genovesa cerril movía espátulas y zarandeaba cacerolas, envuelta en el humo espeso del
asado, que chirriaba sobre las parrillas; en las habitaciones altas, las del niño, se oía el chasquido del
cepillo.
—¡Pampa!—chilló allá arriba una voz atiplada.
Y como la muchacha tardara en contestar, el cepillo salió disparado de las alturas y, rebotando contra
los peldaños de la escalera, vino a caer en medio del patio.
—¡Voy, niño, voy!—- dijo la india sin asustarse, como acostumbrada a aquella singular forma de
llamamiento.
—A ver si te mueves, ¡china salvaje!—chilló de nuevo la voz atiplada.
Y cayó otro proyectil, un frasco vacío, que explotó como una bomba. La muchacha echó a correr
escalera arriba, a tiempo que salía del comedor misia Casilda, con su cara de muñeca sin expresión, tan
rosada y lustrosa que de porcelana parecía, y el pelo partido al medio y recogido detrás de las orejas,
ennegrecido y pegado a la frente por el cosmético.
—¿Qué hay? ¿qué escándalo es éste? La cocinera se mostró en la puerta de su santuario, limpiando sus
manazas en el sucio delantal.
—¡Pues el niño, señora!—dijo en su jerga endiablada.
Ya la india bajaba la escalera, con un cubo en la mano. Naturalmente, ¿quién había de ser sino ella?
Siempre que el niño llama, ha de incomodársele. En concluyendo de servirle, a poner la mesa, que ya es
tarde, y la salida queda para otro día.
Está bien; ¡ya no saldría Pampa! Entró en el comedor, sin chistar, y puso la mesa con el orden y
simetría de siempre: en la cabecera, el cubierto de don Pablo Aquiles; en el lado de la derecha, el de
misia Casilda, y a la izquierda, el del niño; luego, los vasos, el pan, la servilleta... nada olvidaba, y si,
por acaso, cometía una torpeza, allí estaba la muñeca de porcelana, vigilante en el sofá. Entretanto, había
obscurecido ya; se encendió luz, y el comedor apareció tan pobre, tan frío y desmantelado, que más
hubiera valido no encenderla: la calva de don Pablo Aquiles, sentado delante de la apagada chimenea,
resplandeció como bruñida patena, y las frutas, aves y peces de los cromos que adornaban las paredes, se
animaron con la crudeza de sus colorines. Daba la chica la última mano a su tarea, cuando sonó, de
nuevo, la voz atiplada en las alturas.
—¡Voy, niño, voy!—repitió maquinalmente Pampa.
Y escabullóse del comedor y subió a saltos la escalera del patinillo y volvió a bajar y a subir con los
zapatos del niño y la ropa del niño y la camisa del niño... El cielo estaba obscuro y a intervalos los
cohetes estallaban con alegre estampido, trazando en el espacio un reguero de fuego y deshaciéndose en
fantástica lluvia de colores.
Pampa salió a la puerta de la calle y se sentó en el umbral. ¿La dejarían tranquila, ahora? El niño
acababa de vestirse, los señores charlaban en el comedor; la mesa estaba puesta; ya que no la plaza, ni
las niñas de banda azul, ni las señoras de la rifa, ni tanto detalle curioso del animadísimo cuadro que
ofrece aquel día de las fiestas patrias, vería los cohetes desde la puerta; y era mucho, si la dejaban. La
casa era de estas bajas, trazada según el patrón antiguo, que la piqueta del progreso va ahuyentando del
centro de la ciudad: una puerta y dos ventanas a la calle; el zaguán recto hasta el fondo, cortado por dos
patios embaldosados y el comedor abriendo sus puertas sobre ambos; y a la derecha, cuatro o seis
habitaciones en fila; plantas y aljibe en el primer patio, la escalerilla de las piezas altas en el segundo,
cuyo maderamen pintado de verde se ve desde la calle. Las pinturas murales del zaguán; los figurones de
las cornisas; el caprichoso enrejado de las ventanas; el alegre color del frente, ya azul, ya verde, ya rosa,
en su nota más tenue y apagada, da un aire coquetón al conjunto, que se convierte en interesante y
misterioso, si el transeunte es impresionable y ve, detrás del visillo alzado de la sala, dos ojos criollos,
que ven sin mirar y hablan sin voz. Desgraciadamente, en esta casita de la calle de Moreno, en cuyo
umbral se había sentado Pampa, no se veía tras los visillos más que la figura acartonada de misia
Casilda, en las tardes de los días festivos... La calle, con ser central y la hora temprana, estaba desierta;
el frío era crudísimo. Miraba al cielo la pequeña india, como en éxtasis; los cohetes subían tan alto, que
parecía iban a agujerear la negra bóveda. El chico del almacén salió para un recado, y al pasar echó la
zarpa a los pelos ásperos de la muchacha, verdadera diadema de cerda, y la obsequió con un tirón, a
guisa de saludo.
—¡Malo!—dijo ella.
—¡India!—dijo él.
Y se alejó, sacando la lengua. Al rato volvió.
—¡India, Pampa, china fea!—dijo adelantando la zarpa de nuevo.
Ella le pidió castañas; él la dió un puntapié. Y se marchó, soplándose los dedos: tanto frío hacía. La
muchacha acabó por sentirlo: abrigóse como pudo, pegada a la pared, y cerró los ojos, para contemplar
mejor las cosas lindas de la plaza: tanta bandera, tanta gente endomingada, los globos, la música y los
cohetes... La fatiga del trabajo diario la venció y quedó dormida, en el umbral, dando al olvido el
servicio de la mesa. Y como siempre que soñaba, veía a su madre, perdida, como sus hermanos, en la
gran ciudad, la odiosa escena de la Boca se reprodujo con fidelidad pasmosa: el buque atracado al
muelle; el muelle atestado de curiosos; sobre la cubierta el montón de indios sucios, desgreñados,
hediondos, como piara de cerdos que se lleva al mercado, cohibidos y temblando, por lo que ven y lo que
temen; las mujeres, cerca del marido; las madres, apretando a los hijos junto a los senos escuálidos y
tratando de ocultar a los más grandes bajo sus andrajos... Y un militarote, que arrastra su sable con
arrogancia, procede al reparto entre conocidos y recomendados, separando violentamente a la mujer del
marido, al hermano de la hermana, y lo que es más monstruoso, más inhumano, más salvaje, al hijo de la
madre. Todo en nombre de la civilización. Porque aquella turba miserable es el botín de la última batida
en la frontera...
Detrás de los cristales de la puerta del comedor, apareció una sombra: la señora Casilda escudriñaba
en la obscuridad; pero estaba la chica tan arrebujada, tan perfectamente escondida dentro de su refajo y
enroscada, por así decirlo, sobre el umbral, que era difícil distinguirla. La señora repiqueteó con los
dedos sobre el cristal y Pampa dió un salto, despertada bruscamente por este llamamiento, que ella
conocía bien.
—¡Voy, niño, voy!—barbotó medio dormida.
Ambos puños en los ojos, entró sin darse mayor prisa. ¡Vamos! no la dejarían tranquila nunca.
En el comedor, don Pablo Aquiles ocupaba todavía el sillón y misia Casilda había vuelto a sentarse en
el sofá, sus manos de cera extendidas sobre la falda negra; se esperaba al niño, a Quilito, que había
subido a su cuarto y nunca acababa de bajar a comer. La cocinera asomó dos o tres veces su cara
encendida.
—Espere usted que el niño baje—decía la señora con su voz de flauta.
Entretanto, don Pablo Aquiles volvía al tema que tanto le preocupaba: su inasistencia al Tedéum.
¿Cómo presentarse a la luz del día con un frac descolorido, deshilachado y remendado? ¿y la galera
color de cucaracha, con golpes de grasa atornasolados? ¿y el pantalón, con rodilleras y flequillo? ¿y las
botas, con puertas y ventanas, para comodidad de los dedos y recreo del calcetín? ¡Siquiera fuese
permitido ir a tales solemnidades en traje de paisano, con chaqué o chaqueta, pantalón a cuadros y
sombrero hongo! Pero su traje de ceremonia estaba verdaderamente indecente, más gastado por el tiempo
y la polilla, que de haberle llevado a cuestas; la chistera no sufría ya la plancha, porque había perdido el
pelo y las botas estaban en manos del remendón de la esquina, por más que decía Quilito, y era
peritísimo en la materia, que el becerro no sienta al frac y el charol, de no ser nuevo, no sirve para
maldita la cosa. Y vaya un modesto empleado de ochenta pesos al mes, que tiene que sostener una
familia, y dar carrera al hijo único, que, por tratarse con lo más granadito de la sociedad, está obligado a
presentarse con decencia; vaya, digo, un empleadillo de éstos, a mandarse hacer un frac cada dos
carnavales y a gastarse la asignación mensual para cigarrillos del niño en botas de charol, con que poder
ir a cortejos oficiales. En el Ministerio, habíale recomendado el jefe que no faltara.
—Vargas, que no deje usted de venir. Vargas, que ya sabe usted que a S. E. le complace que vengan
todos los empleados.
Prometió ir, pero no fué. No fué, porque no pudo; porque los ochenta pesos de su sueldo no le
alcanzaban para comer, pagar la casa... y las cuentas de Quilito, la esperanza y el orgullo de la familia.
¿Qué le diría el jefe al día siguiente? Iba a entrar en la oficina sin hacer ruido, tratando de no llamar la
atención, y sin chistar se sentaría en su despacho y trabajaría hasta las seis, sin levantar cabeza. Y si a la
hora del te, en que pasan los negros con las bandejas repletas de tazas, venía el jefe, como de costumbre,
a liar un cigarro y echar un párrafo, le daría cualquier excusa, porque él era hombre tan estricto en el
cumplimiento de sus deberes, que consideraba falta grave haberle dicho que iría y no haber ido.
Volviéndose a su hermana, más atenta a sus manos que a su discurso, exclamó:
—¿Quién diría que un Vargas, Casilda...?
No concluyó la frase, pero sobrada elocuencia tenía el movimiento melancólico de su cabeza. Cuando
se ha tenido y ya no se tiene, el pan negro se hace más amargo y el blanco más deseado, y los Vargas lo
habían comido sobre manteles de holanda...
—Ese Quilito que no baja—dijo impaciente la tía.
—Estará acicalándose para la función de gala—contestó don Pablo Aquiles,—ya que no ha podido ir
su padre al Tedéum, que luzca el niño su frac nuevo en Colón.
El día anterior lo había pagado, juntando algunos picos sobrantes de meses atrasados, retardando la
cuenta del almacén y del carnicero y pellizcando en la caja del Ministerio, gracias a la complacencia del
habilitado y correspondiente recibo por adelantado de sueldos. Porque Quilito, un Vargas, no podía andar
vestido de cualquier manera, sino como correspondía a su origen, y a sus relaciones y a su porvenir. Que
en la chimenea faltara leña y carne en el puchero; pero la camisa de Quilito, el sombrero de Quilito, las
botas de Quilito y el traje de Quilito, habían de ser de la más irreprochable elegancia y novedad. Y no se
sufragaban sus gastos de coche y palco, porque lo proporcionaban sus amigos, hijos de millonarios todos,
y por ende, riquísimos. ¡Válgame Dios! pensar que Quilito fuera a apolillarse en una oficina, se
embruteciera en una estancia o se degradara en el comercio... ¡Un Vargas! El niño estudiaba leyes y sería
abogado, y estamparía su título sobre plancha de bronce, en la puerta de calle, como muestra de
sacamuelas. Y esto tenía que ser el punto de partida de sus brillantes destinos. Lo que no sabía el padre,
ni lo sabía la tía, que le mimaba como no lo hubiera hecho su propia madre, es que el niño no parecía por
la Facultad y seguía estudios menos académicos en aulas más favorecidas.
Siempre que don Pablo Aquiles volvía de la oficina, éste era el tema favorito de conversación con su
hermana; sentado al lado de la lumbre, cuando había leña, y mirando melancólicamente los pajarracos de
la pantalla de chimenea, cuando ésta estaba apagada. Pero en esta noche del 25 de Mayo, no era sólo su
falta en el cortejo lo que le preocupaba: había tenido un encuentro aquel día, ¡y qué encuentro! en la calle
Florida, en el sitio más frecuentado, cuando iba él más distraído; ¡cataplúm! la gente esa, la familia de
Esteven, frente a frente, a pie, en la misma acera; la mamá y las dos niñas, tan esponjadas y orgullosas,
que rebosaban de la acera. Aquí misia Casilda dejó de mirar sus manos, y se puso pálida, muy pálida.
—Y ¿qué hiciste?—preguntó ansiosa;—cruzarías la calle, sin mirarlas.
—Me quedé plantado—contestó don Pablo Aquiles.
La señora protestó. Siempre había de ser el mismo. Haberse hecho el indiferente, y seguir su camino,
como si tal cosa, canturriando algo para darse aplomo; que, al fin y al cabo, quien debiera perderlo era
ella, Gregoria, como mujer y casi cómplice del picaronazo de su marido. Pues ¡qué! no era la primera
vez que ella se las había encontrado, no en la calle, frente a frente, sino en tiendas, lado a lado, viendo
telas y regateando con el dependiente, como si no tuvieran lo poco suyo y lo mucho de los otros, total,
una gran fortuna; y sin embargo, ella... tan tranquila. No tenía por qué ponerse colorada y a soberbia
nadie le ganaba. Con esto, estaba misia Casilda tan agitada, que su cara de muñeca se había encendido,
hasta el punto de hacer dudar de su aserto.
—Pero, Casilda—dijo don Pablo Aquiles,—es nuestra hermana, ¿podremos negarlo?
—Sí, lo niego; el parentesco no lo hace la sangre, sino el cariño, ¿qué quieres? yo soy así.
¿No era cosa que clamaba al cielo que, mientras ellos comían los mendrugos de la miseria, él, atado al
potro de una oficina, esclavo de un sueldo miserable y expuesto el día menos pensado a un puntapié del
ministro; ella, lidiando con el trajín de la casa, sin más criados que aquella indiecita y la italiana,
remendando ropa, punteando medias y hasta fregando cacerolas, si era menester; Quilito, ese pobre
muchacho, obligado, muchas veces, a hacer mal papel entre sus amigos, él, que nació entre encajes; los
Esteven, ladrones de su fortuna, se regalen y se den la gran vida con lo que no es de ellos, con lo que han
robado, sí, señor, robado? Daba a esta palabra tal acentuación, que parecía un latigazo. ¡Y luego,
pretender perdón y olvido! Bastante se había hecho con evitar el escándalo, no acudiendo a los
tribunales, contentándose con romper toda relación. En cuanto a Gregoria (no quería llamarla Goyita,
como antes, porque no lo merecía), había demostrado tener menos corazón y menos entrañas que el
bribón de don Bernardino; porque éste no tenía en sus venas sangre de los Vargas, y por eso la chupaba
sin remordimiento, pero ella era Vargas por los cuatro costados, y sin embargo, le ayudaba a chuparla.
¿Había nunca pronunciado una palabra de reconciliación? ¿No se había mantenido encastillada en su
orgullo, fulminando con su insolente desprecio a sus hermanos despojados?
Don Pablo Aquiles callaba, convencido de la verdad y justicia de aquellas lamentaciones. Y misia
Casilda, tan bondadosa y tranquila siempre, una malva, según la expresión de sus amigos, honroso
calificativo de que rara vez es merecedora una solterona, no podía estarse quieta, porque aquel tema de
los Esteven la sacaba de sus casillas; movía los vasos, cambiaba los platos, con movimientos nerviosos,
sin fijarse donde colocaba los objetos, hablando a borbotones. Seguro que aquella noche iban a Colón,
como que tenían abono a palco bajo, con mucho relampaguco de piedras y mucho crujir de seda;
entretanto, ellos comerían su carbonadita en paz y gracia de Dios y se acostarían a la hora de las
gallinas, para no gastar mucha luz, pues el gas está cada día más caro. Aquí, una copa se quejó tan
dolorosamente entre los dedos de la señora, que cayó partida en dos sobre el mantel, detalle en que no
paró mientes misia Casilda, tan sobreexcitada y fuera de sí estaba. ¡Si le parecía que fué ayer la muerte
de Pilar; la venta de la casa paterna, calle de Méjico; la desaparición de muebles, alhajas y efectivo entre
las manos de don Bernardino, el albacea de la testamentaría, el depositario de la confianza de los tres
herederos! ¡que fué ayer cuando quedaron casi sin techo, obligado él, don Pablo, a acudir a la influencia
de los amigos, para calzar un empleíto, que ayudara a tirar adelante! que fué ayer cuando Esteven, con el
luto todavía del suegro, se presentó en la casa, y después de mucho preámbulo y mucho carraspear, les
mostró no sé qué papelotes y leyó no sé qué cuentas... total, que les entregó unos veinte mil pesos, la
parte de la herencia que les correspondía; pues lo demás se había ido entre escribanos, abogados y papel
sellado. Entretanto, los Esteven subían, subían y subían, como globo hinchado por el gas, y hoy era una
casa en tal parte, y mañana dos y luego tres, coche, palco, caballos y mucho ruido y mucha bambolla. ¿De
dónde salían estas misas? ¿Era de los negocitos del marido, de los picholeos equívocos, de la jugarreta
de Bolsa? A otro, que no cuela. En dos años que duró el arreglo de la testamentaría, por el incidente
aquel del pretendido hijo natural, don Bernardino había encontrado medio de acapararlo todo, de
devorarlo todo, insaciable, como lobo hambriento. ¡Diríase que hay un Dios para los pícaros! Y don
Pablo Aquiles que escuchaba, en silencioso coloquio con las cigüeñas de la pantalla, cerró el capítulo de
las lamentaciones de su hermana, exclamando sentenciosamente:
—Lo que hay, Casilda, lo que hay, es que los pillos reciben su recompensa en este mundo y los buenos
tienen que esperar al otro para alcanzarla, y según es ésta de problemática y aquélla de positiva, casi le
vienen a uno ganas de encanallarse, ya que de los pillos es el reino de la tierra.
Catalina, la genovesa, avisó una vez más que la comida se pasaba.
—¿Y ese Quilito? ¿qué hace ese muchacho?
—Iré yo a llamarle—dijo la señora.
Salió y subió a las habitaciones altas, donde encontró al niño de la casa, a medio vestir todavía,
plantado delante del armario de luna, a tirones con la corbata, que no conseguía poner a su gusto.
—Pero, ¡Quilito!—dijo la señora en la puerta,—¿acabarás?
—Entre usted, tiíta Silda, así me ayudará a atar la corbata.
Era él delgaducho y endeble, rubito y anémico, los ojos azules, muy grandes y muy abiertos, ojos de
tonto o de inocente, como angelote de retablo; estatura, menos que regular; señas particulares, ninguna...
al parecer. El cuarto era una liorna: las prendas de vestir se veían desparramadas por el suelo y sobre los
muebles; todos los cajones abiertos y el espejo del lavabo tan salpicado del agua de la palangana, que
parecía sudar de fatiga; un ligero tabique dividía la habitación en dos: la primera hacía las veces de
despacho o pieza de estudio, con una mesa en el centro, en que andaban revueltos los libros y los
papeles, advirtiéndose más novelas que textos y más álbumes de fotografías que cuadernos de apuntes; y
la segunda, alcoba y gabinete a un tiempo, con el techo muy bajo y las puertas muy estrechas; todo
modesto, casi humilde, pero aseadísimo, como que la escoba y el plumero de Pampa hacían maravillas,
bajo la inteligente dirección de misia Casilda.
—Vamos a ver esa corbata—dijo la complaciente tía,—y acabemos de una vez, que tu padre espera.
Y mientras anudaba los lazos a su gusto, con tal esmero que ponía en ello sus cinco sentidos, el joven,
con la cabeza echada atrás para facilitar la operación, se impacientaba porque aquello concluía nunca. Al
fin estuvo listo, se miró y se remiró; ahora el chaleco, luego, el frac...
—¿Sabe usted, tía, que me ajusta un poco? ¡Qué sastres!
Entretanto, la señora había quedado parada delante de un grabado puesto en la cabecera de la cama, en
lugar de la imagen de San Pablo, que yacía descolgada irreverentemente de su clavo. Y había por qué
quedarse parado, pues el tal cuadrito representaba una dama en traje tan primitivo, que no podía darse
más, ¡qué horror!
—Pero, ¡Quilito!—exclamó la tía escandalizada,—y aquí entra esa criatura y verá esta vergüenza.
Y él, sin volverse, muy tranquilo:
—Si es la Verdad, tía, o la Fuente, que no lo sé bien, ¿puede darse nada más natural?
Indudablemente, en cuanto a natural, lo era, y aun sobraba.
—¡Cómo estará Colón esta noche, tía!
¿Por qué no iba ella a la cazuela? Mucho calor y mucha gente, pero una noche de las fiestas Mayas no
debe desperdiciarse. El tenía una butaca, que le había regalado, ¿a qué no sabía quién? ¡Jacintito
Esteven! Este nombre hizo en la tía el efecto de una picadura. Si ya sabía que andaba en grande con el
chico de Esteven, pero ella no se lo perdonaba, porque no debía olvidar que aquella familia era enemiga
de la suya y la causante de la triste situación en que se hallaban.
—Pero, ¿qué culpa tiene Jacintito, tía Silda? Es un excelente muchacho, muy alegre y muy trabajador, a
pesar de su fortuna; ¡ha puesto un escritorio de corretajes en la calle Piedad!
Con la tía Goya era otra cosa; él no la saludaba, y en cuanto a don Bernardino, no hacía aún dos días le
había tomado la acera, dispuesto a armar camorra. Bien sabía Jacinto que él no podía verles, a causa de
los disgustos de familia, pero no por eso eran menos amigos; todas las tardes se reunían en el escritorio,
y allí discutían si debían entrar o no en la jugada bursátil del día. Porque él jugaba en la Bolsa, sí, señor,
convencido de que la carrera de abogado no le sacaría nunca de pobre, y de que, después de mucho
romperse la cabeza, alcanzaría un título, que no sirve de otra cosa, que para adorno del apellido, y se
vería obligado a mendigar un empleo, que no conseguiría sino a fuerza de hacer antesala a mucho tipo
con influencia y sin educación, y de gastar saliva y paciencia. El tenía que ser rico, abrigaba el firme
propósito de serlo y lo sería. Y del modo más fácil, sin matarse trabajando, ni vaciándose el cerebro; sin
que sufran ni los brazos ni los sesos; juego a la alza, sube el oro, gano; juego a la baja, baja el oro, gano.
Y se necesita ser muy torpe y muy desgraciado, para que suceda lo contrario. Si la suerte le favorecía,
bueno; si no... se pegaba un tiro. Tan cierto, como ahora es de noche.
Misia Casilda tomó a lo serio aquello y se asustó. ¡Vaya un bonito modo de pensar! Quién le metía a él
en la Bolsa, sin experiencia y sin fondos, porque, sin duda, para comprar oro y comprar acciones, y jugar
a la baja o a la alza, como él decía, se necesita tener con qué; lo mismo que en la ruleta de los garitos. El
joven se rió.
—Pues no, no se necesita, y ahí está la gracia. Se da orden al corredor de comprar tanto o cuanto, y una
vez hecha la operación y llegado el día de liquidar, se deducen las ganancias o las pérdidas, y en caso de
mala suerte se paga o no se paga.
Perfectamente. Para pagar se necesita dinero y para no pagar, no tener vergüenza, y como ella sabía,
que escaseaba tanto de lo uno, como le sobraba lo otro, pues no podía creerse otra cosa, le aconsejaba
que se dejara de alzas y de bajas y se ocupara seriamente de sus estudios, que debían andar muy
descuidados con aquella manía de la Bolsa, que le había entrado. Si no hay cosa mejor que ganarse el
pan honradamente, por sus cabales, con tesón, sin impaciencias ni desfallecimientos, que así se va lejos,
y de golpe y porrazo no puede hacerse nada bueno. Quilito volvió a reírse.
—Mire usted, tía, no de otra manera se hacen fortunas en Buenos Aires; ahí tiene a fulano, a zutano y a
mengano: ¿dónde se han hecho ricos? ¿detrás de un mostrador? No, en la Bolsa. Ayer no poseían un
centavo y hoy se les saca el sombrero. Yo quiero hacer como ellos y ser como ellos.
Bien se veía que el tal Jacintito le había imbuído aquellas ideas; ¡si siendo Esteven no podía ser bueno!
Quilito ensayaba el frac delante del espejo. ¡Cuán equivocada estaba! era excelente... y luego tan
cariñoso con sus hermanas, y Susana y Angelita se lo merecían todo, francamente. ¿No le parecía que los
faldones no caían bien?
—Lo que no cae bien—replicó con acritud misia Casilda,—es tanto elogio de osa gente en tu boca.
—Convénzase usted, tía, que es porque no les conoce; los viejos serán todo lo que usted quiera, pero
los hijos son diferentes.
Susana y Angelita eran las muchachas más bonitas de Buenos Aires, sin exageración; en Palermo no se
veía nada mejor. Luego, con una educación de primera, amables, sencillas... Siguió ensartando alabanzas,
hasta que la señora se impacientó.
—Mira, Quilito, que no seremos amigos, si no dejas ese tema; ya sabes cuánto me desagrada.
—¡Oh! tiíta Silda... ¡pues no faltaba más!
Estampó un beso sonoro en la lustrosa mejilla de la señora, acompañado de cariñosos palmoteos en la
espalda.
—Eres un loco, ¿cuándo sentarás el juicio?
No le quitaba ojo, admirada de su aire desenvuelto y de lo bien que le caía el traje de etiqueta; la luz
del gas le volvía más pálido y señalaba sus profundas ojeras, esa huella de las malas noches que no
puede ocultarse. El, mientras hacía jugar el resorte del claque, ensayaba la petitoria de ordenanza, algo
para llevar en el bolsillo, dos pesos siquiera, que le prometía devolver intactos; como después del teatro,
es fuerza ir a tomar cualquier cosa al café y cuando llega el momento de pagar al mozo, es costumbre
echar mano a la cartera, discutiendo con los amigos el mejor derecho a satisfacer el gasto, él, siempre
que llegaba el caso, mostraba el billete sin soltarlo, mientras daba tiempo al vecino de saldar cuentas.
¡Qué papel iba a hacer aquella noche si no tenía dinero que mostrar! dos pesos siquiera... la tía era
bastante rica, porque poseía su rentita de las cédulas hipotecarias y el alquiler de la casita aquella. ¡Buen
alquiler te dé Dios! cien pesos, que el inquilino, un herrero con más hijos que días tiene el año, no le
pagaba nunca, siempre llorando lástimas y pidiendo prórrogas. Sí, ¿pero las cédulas? eso es seguro.
—Tiíta Silda, se los devolveré intactos.
Así decía siempre, y luego venía con esto y con lo otro, pero con las manos vacías. ¿Qué había hecho
de los veinte pesos de la semana anterior? Quilito, con la cara muy afligida, dijo que los había gastado en
muchas cosas, en muchísimas cosas, en libros, por ejemplo... Bien está, le prestaría los dos pesos, pero
con la condición que no había de tirarlos de mala manera. Y mientras el joven intentaba hacerla dar unas
vueltas de vals, en señal de regocijo, ella le espetaba el sermoncito con que solía sazonar sus dádivas.
Más seriedad y más contracción al estudio; la vida que llevaba, no era conveniente para un mocoso que
no tenía pelo de barba; aquellas trasnochadas frecuentes, sobre todo, debían concluir, por su salud y por
su nombre. Que no le viniera con dianas, que ella se sabía bien que a las tantas no se vuelve de la iglesia,
y no pusiera en el duro trance a su padre de quitarle la llave de la puerta de calle que, por mal de sus
pecados, había conseguido ella se le diera antes de cumplir los catorce años. Luego, ¡menos gastos! ¡si en
aquella casa nunca se acababa de pagar sus cuentas! ¿se figuraba, acaso, que tenían algún tesoro
escondido? Ni la rentita de las cédulas, ni el sueldo de don Pablo alcanzaban para cubrirlas. La situación
de la familia no permitía aquellas ruinosas liberalidades, de que él abusaba; ¿a dónde iban a parar por
aquel camino? El joven dió un bostezo.
—¿Tiene usted, tiíta, el dinero a mano?—preguntó.
Y mientras la señora buscaba en el bolsillo, él largó las botaratadas con que siempre respondía a tales
prédicas: si no había que apurarse por tan poca cosa, cuando él trabajaba por echar los cimientos de la
fortuna de la familia, y lo conseguiría en un dos por tres, porque además de sus operaciones de Bolsa,
tentaba al demonio de la lotería, comprando un numerito en cada jugada. Ya verían cuando entrara por
aquellas puertas, con la gran noticia: ¡el número tantos, su número, con tantos miles de miles de premio!
¡o en tal venta de acciones, han resultado cuántos millones de ganancia! todo así, de la noche a la mañana.
Hacerse rico de otro modo, no tiene gracia. Se desloma uno sobre el yunque, suda el quilo, gasta su
juventud, y cuando la mano tiembla y el cuerpo no puede tenerse en pie, alcanza el fruto de su trabajo, ¿de
qué le sirve entonces? ¡para pagarse el responso y hacer gozar a los demás! No se vería él en ese espejo.
Mascar mientras haya dientes, porque a boca desportillada sabe mal el mejor bocado. Pronto iba a
cumplir veinte años: pues antes, mucho antes de cumplirlos, sería rico o por lo menos estaría en vía de
serlo. Y entonces...
—¡No le digo a usted nada, tiíta, no le digo nada!
La señora le oía y se reía. ¡Qué cabeza más destornillada! era un tarambana, y nunca haría cosa de
provecho, si no tenía más juicio y no dejaba de lado aquellas ideas de fortunas improvisadas, que le
quitaban el sueño. Dióle el billete de dos pesos, que sacó de su cartera de tafilete, a tiempo que don
Pablo Aquiles golpeaba las manos en la puerta del comedor, impaciente. Tía y sobrino bajaron la
escalerilla, encontrando en el patio a Pampa, que pasaba con la sopera humeante en las manos; ya don
Pablo Aquiles se había sentado a la cabecera de la mesa y desdoblaba con calma la servilleta.
—¿Qué es esto, caballerito? ¡cómo se hace usted esperar!
Minia Casilda ocupó su asiento, mientras Quilito sacaba los guantes del bolsillo interior de su abrigo,
arrojando de paso una mirada a la mal provista mesa: el mantel, remendado a trechos, no alcanzaba a
cubrirla; la vajilla era de loza, tan maltratada, que el borde de los platos parecía haber estado expuesto a
los mordiscos de hambrientos canes; los cubiertos, desdentados los tenedores y gastados los cuchillos.
—Yo no como aquí—dijo el joven, enfundando las manos en sus guantes, como en el Café de París, con
unos amigos.
¡Muy bien! ¿y para eso había hecho esperar tanto tiempo? ¡Ir a comer fuera, cuando la tía se había
esmerado tanto en la confección de aquellos hojaldres, que olían deliciosamente, recién saliditos del
horno! Quilito dijo que tenía un compromiso anterior con los tales y los cuales, citando media docena de
nombres del más legítimo high-life, y mientras sacaba con negligencia un grueso habano y se disponía a
encenderlo, añadió, dirigiéndose a su padre:
—Esta tarde encontré a tu jefe, el Subsecretario, y me preguntó si estabas enfermo; le dije que sí, ¿he
hecho mal?
—No, señor, perfectamente.
¿De qué otro modo disculpar su falta? Ya se encontraría bueno al día siguiente, para preparar la mejor
excusa. Tomó una fuente de manos de Pampa, y al colocarla sobre la mesa, insistió sobre aquello de los
hojaldres:
—¡Ea, anímate, muchacho! que esto vale más que tus trufas del Café de París.
—Si él es muy francés—dijo la tía,—y desprecia estas cosas.
Don Pablo Aquiles le miraba sonriendo y no se hartaba de contemplarle; ¡qué buen mozo y qué elegante
era! tenía los ojos de su madre, aquella Pilar tan amada, que tanto le había hecho sufrir, y también su
genio, un polvorín de explosiones sin consecuencia. Entretanto, el joven había tomado pie del dicho de
misia Casilda, para fundar sus teorías gastronómicas y anonadar con sus invectivas a la humilde cocina
casera... mucha grasa, mucho aceite y ningún aparato; una fuente que se presenta en la mesa sin adorno, es
como un comensal que se sienta en mangas de camisa. La señora empezó a toser, a causa del humo del
cigarro; daban las siete.
—Buenas noches—dijo Quilito.
Y salió, haciendo resonar sus tacones sobre las losas del patio.
—¡Que te diviertas!—gritó el padre.
—¡Que no vuelvas tarde!—apuntó la tía.
Concluyó tristemente la modesta comida; con el último bocado se levantaron y Pampa entró a quitar la
mesa. Siempre sucedía lo mismo, cuando faltaba el niño; era él el alma, la luz, el calor y la alegría de la
casa, y sabía con su picante charla entretener a los viejos, que babeaban, escuchándole; ¡qué de cosas
refería, qué ideas las suyas y qué pico de oro aquél!
—Casilda—dijo don Pablo Aquiles a su hermana,—voy a salir; cuidado con la reja del zaguán, y no
dormirse hasta que yo vuelva, que no será tarde.
Abrigado en su ruso, que llevaba más de seis inviernos encima, salió a dar su paseíto higiénico de
costumbre; podía él perder la sobremesa, y aún la lectura de los diarios vespertinos, pero no su paseo de
digestión, que ocupaba lugar preferente en su programa de cada día.
Nadie hubiera dicho que era aquélla, noche de popular regocijo, en que se celebraba una fecha
memorable, tales eran la soledad, la tristeza y el silencio de la calle. Verdad es que la casa de don Pablo
Aquiles quedaba un poco al oeste y lejos, por lo tanto, del centro del bullicio, pero él pensaba lo que era
en sus tiempos aquella fiesta: de día, pruebas, palo jabonado, rompe-cabezas en la Plaza de la Victoria, y
fuegos artificiales, por la noche. ¿Qué digo en sus tiempos? hasta hace poco se cumplía idéntico
programa. Pero, como si la ciudad se avergonzara de que el extranjero la vea celebrar sus solemnidades
a la moda de aldea, aquellos populares festejos se han desterrado a los barrios extremos, y ha quedado la
gran plaza solitaria y fría, en medio de los resplandores de sus luces de gas. Don Pablo Aquiles no estaba
por estas innovaciones; pensaba en el entusiasmo que presidía entonces a las fiestas: en las pruebas, de
día; en los fuegos, de noche, que servían de pretexto para animada tertulia, no de soldados y niñeras,
compadritos y pilluelos, sino de damas principalísimas, que no tenían a menos descender de sus salones
a la arena de la plaza. ¡Cuánta mirada de amor, cambiada entre dos volteretas del acróbata! ¡Cuánto pacto
amoroso, sellado durante el colosal incendio de un castillo de colores! ¡Qué alegría entonces! los
balcones ostentaban colgaduras y las ventanas ramos de olivo y de laurel; las músicas recorrían las
calles, y el himno nacional resonaba en todas partes; dentro de su pecho, cantaba también el amor su
himno y el nombre de Pilar aparecía asociado al de la patria en aquel día de tantas emociones. Después...
los desengaños, la miseria, la vejez. ¿Qué mucho que le pareciera ahora, todo negro y todo triste? Pero él
no lo atribuía al lente de su pesimismo, y se decía:
—O ya no hay patriotas, o el cosmopolitismo va ahogándolo todo.
Seguía su camino, apoyado en el bastón, mirando, con burlona sonrisa, los colgajos de las tiendas de
carne y comestibles: las ramas de sauce de la puerta, los faroles de papel de la muestra y la vistosa
exposición del escaparate; en las casas, muy pocas banderas se veían, pero conforme iba acercándose a
las calles centrales, los establecimientos públicos y los comercios de lujo resplandecían de luces: en el
borde de las cornisas, a lo largo de las columnas, en balcones y ventanas, ya en haces, ya sueltas,
encerradas en bombas de cristal azul y blanco. Pero, la nota del entusiasmo popular no resonaba en parto
alguna; el silencio y la falta de animación contrastaban con el alegre espectáculo de las iluminaciones.
Hacía aquello el mismo efecto que un salón de baile, adornado y dispuesto para la fiesta, al que faltan los
convidados. Con el estruendo de costumbre sobre el malísimo empedrado, pasaban muchos carruajes,
cuyos cristales, empañados por el frío de la noche, dejaban apenas percibir la blanca forma de una dama
de copete; y seguían los tranvías su trotar monótono, entretenido el conductor en regalar el oído de los
viajeros con espantables sonatas de corneta.
Al entrar don Pablo Aquiles en la plaza de la Victoria, quedóse un rato, embobado como un chiquillo,
mirando las luces y las banderas. Y cátate que cuando más distraído estaba, deslumbrada la vista por los
resplandores del Cabildo y de la Catedral, sintió a su espalda el galopar violento de soberbio tronco y al
volverse, vió a Quilito, a su hijo, seguir, pegado a la pared, el carruaje que pasaba. ¿Quién diablos iba en
aquel carruaje? Vióle don Pablo llegar a Colón, abrirse la portezuela y bajar dos niñas de blanco, que al
punto no reconoció, y luego... misia Goya y don Bernardino Esteven, llevando detrás, como cosido a sus
talones, al mismo, al mismísimo Quilito. ¿Era casualidad? ¡Lo que le dió aquello que pensar! Volvióse
mohino, con la boca amarga sin saber por qué, tan preocupado, que tropezaba en la acera con las
bandadas de lindas muchachas, que se dirigían al teatro, ávidas de presenciar la función de gala. Echóse
al medio de la calle, para caminar con más desembarazo.

Cuando llegó a casa, Pampa dormía otra vez en el umbral de la puerta.
Carlos Maria Ocanto 
Bs As