viernes, 29 de diciembre de 2017

Quilito Capitulo 1

Pampa se había quedado dormida, acurrucada en el umbral. Envuelta su monstruosa cabeza en el refajo
de bayeta amarilla, que había levantado por detrás al sentarse; un pie montado sobre el otro, como para
prestarse mutuo calor, calzados ambos en gruesos zapatos claveteados; las manos debajo del delantal
blanco, dormía sobre la dura piedra, como sobre un cómodo colchón de muelles. ¡Pobre Pampa! Cansada
del fregoteo de platos, del bruñido de cuchillos y del lavado de vasos, de traer y llevar, de bajar y subir,
de salir y de entrar, había obtenido la promesa de acompañar a la señora a una visita de intimidad aquel
día, lo que le serviría de pretexto, para ver las calles y quizá la plaza de la Victoria; pues con ser 25 de
Mayo, fiesta patria, había Tedéum, rifa, parada militar y qué sé yo. Soñaba la india en las lindas cosas
que vería: tanta bandera; tanta gente endomingada; los niños, con traje de terciopelo, muy orondos,
agarrotados los dedos por los guantes; las niñas, de blanco, unas con banda azul y otras no; las personas
que se agolpaban a las ventanas del Cabildo, donde el transeunte es asaltado por una, dos o tres
señoritas, que le meten por las narices, como si dieran a oler una pastilla, la cedulita de la rifa, y le
marean y le cercan, y le siguen y le persiguen, repitiendo:
—¡Caballero! ¿una cedulita? ¿una cedulita, caballero?—como muletilla de mendigo.
Detrás de la reja, majestuosa y cómodamente sentadas, dos matronas, tan gordas, que casi no caben las
dos de frente, con las costas repletas de papelillos en la falda, despachan su mercancía, echando de vez
en cuando por aquella boca un ¡Caballero! que más parece un bostezo, que un llamado. Luego, los
vendedores de naranjas, de silbatos y de globos; la corriente humana que no cesa de circular, engrosada
por los torrentes que cada bocacalle vomita sobre la plaza; los soldados, tan marciales, en fila, los ojos
sobre el jefe, que recorre la línea a caballo, dejando ondear al viento su penacho azul y blanco; las
músicas, que tocan; el cañón, que truena; los cohetes, que estallan; las campanas, que vibran, y por
último, el Presidente, que pasa, a pie, camino de la Catedral, en medio de los acordes graves y solemnes
del himno nacional, precedido, rodeado y seguido de brillante cortejo.
Pampa hacía sonar, con fruición, en el bolsillo de su vestido de lana nuevo, los centavos que le diera el
patrón para la rifa, cuando alguien la llamó.
—¡Pampa! que tienes que lavar las medias del niño, y traer azúcar del almacén y limpiar el espejo de
la sala, que está perdido de moscas.
Y vuelta al trajín, sin una queja, encerrada en su mutismo de salvaje, no desbastada aún. Y las medias
quedaron lavadas, y se trajo el azúcar y se limpió el espejo; pero, entonces, faltaron fósforos y hubo que
poner un remiendo.
En el patio de la cocina, el último de la casa, tan frío que la humedad trazaba verdosos arabescos en la
pared sin cal, trabajaba la chica febrilmente. Un apetitoso olor de guisado salía de la cocina abierta,
donde una genovesa cerril movía espátulas y zarandeaba cacerolas, envuelta en el humo espeso del
asado, que chirriaba sobre las parrillas; en las habitaciones altas, las del niño, se oía el chasquido del
cepillo.
—¡Pampa!—chilló allá arriba una voz atiplada.
Y como la muchacha tardara en contestar, el cepillo salió disparado de las alturas y, rebotando contra
los peldaños de la escalera, vino a caer en medio del patio.
—¡Voy, niño, voy!—- dijo la india sin asustarse, como acostumbrada a aquella singular forma de
llamamiento.
—A ver si te mueves, ¡china salvaje!—chilló de nuevo la voz atiplada.
Y cayó otro proyectil, un frasco vacío, que explotó como una bomba. La muchacha echó a correr
escalera arriba, a tiempo que salía del comedor misia Casilda, con su cara de muñeca sin expresión, tan
rosada y lustrosa que de porcelana parecía, y el pelo partido al medio y recogido detrás de las orejas,
ennegrecido y pegado a la frente por el cosmético.
—¿Qué hay? ¿qué escándalo es éste? La cocinera se mostró en la puerta de su santuario, limpiando sus
manazas en el sucio delantal.
—¡Pues el niño, señora!—dijo en su jerga endiablada.
Ya la india bajaba la escalera, con un cubo en la mano. Naturalmente, ¿quién había de ser sino ella?
Siempre que el niño llama, ha de incomodársele. En concluyendo de servirle, a poner la mesa, que ya es
tarde, y la salida queda para otro día.
Está bien; ¡ya no saldría Pampa! Entró en el comedor, sin chistar, y puso la mesa con el orden y
simetría de siempre: en la cabecera, el cubierto de don Pablo Aquiles; en el lado de la derecha, el de
misia Casilda, y a la izquierda, el del niño; luego, los vasos, el pan, la servilleta... nada olvidaba, y si,
por acaso, cometía una torpeza, allí estaba la muñeca de porcelana, vigilante en el sofá. Entretanto, había
obscurecido ya; se encendió luz, y el comedor apareció tan pobre, tan frío y desmantelado, que más
hubiera valido no encenderla: la calva de don Pablo Aquiles, sentado delante de la apagada chimenea,
resplandeció como bruñida patena, y las frutas, aves y peces de los cromos que adornaban las paredes, se
animaron con la crudeza de sus colorines. Daba la chica la última mano a su tarea, cuando sonó, de
nuevo, la voz atiplada en las alturas.
—¡Voy, niño, voy!—repitió maquinalmente Pampa.
Y escabullóse del comedor y subió a saltos la escalera del patinillo y volvió a bajar y a subir con los
zapatos del niño y la ropa del niño y la camisa del niño... El cielo estaba obscuro y a intervalos los
cohetes estallaban con alegre estampido, trazando en el espacio un reguero de fuego y deshaciéndose en
fantástica lluvia de colores.
Pampa salió a la puerta de la calle y se sentó en el umbral. ¿La dejarían tranquila, ahora? El niño
acababa de vestirse, los señores charlaban en el comedor; la mesa estaba puesta; ya que no la plaza, ni
las niñas de banda azul, ni las señoras de la rifa, ni tanto detalle curioso del animadísimo cuadro que
ofrece aquel día de las fiestas patrias, vería los cohetes desde la puerta; y era mucho, si la dejaban. La
casa era de estas bajas, trazada según el patrón antiguo, que la piqueta del progreso va ahuyentando del
centro de la ciudad: una puerta y dos ventanas a la calle; el zaguán recto hasta el fondo, cortado por dos
patios embaldosados y el comedor abriendo sus puertas sobre ambos; y a la derecha, cuatro o seis
habitaciones en fila; plantas y aljibe en el primer patio, la escalerilla de las piezas altas en el segundo,
cuyo maderamen pintado de verde se ve desde la calle. Las pinturas murales del zaguán; los figurones de
las cornisas; el caprichoso enrejado de las ventanas; el alegre color del frente, ya azul, ya verde, ya rosa,
en su nota más tenue y apagada, da un aire coquetón al conjunto, que se convierte en interesante y
misterioso, si el transeunte es impresionable y ve, detrás del visillo alzado de la sala, dos ojos criollos,
que ven sin mirar y hablan sin voz. Desgraciadamente, en esta casita de la calle de Moreno, en cuyo
umbral se había sentado Pampa, no se veía tras los visillos más que la figura acartonada de misia
Casilda, en las tardes de los días festivos... La calle, con ser central y la hora temprana, estaba desierta;
el frío era crudísimo. Miraba al cielo la pequeña india, como en éxtasis; los cohetes subían tan alto, que
parecía iban a agujerear la negra bóveda. El chico del almacén salió para un recado, y al pasar echó la
zarpa a los pelos ásperos de la muchacha, verdadera diadema de cerda, y la obsequió con un tirón, a
guisa de saludo.
—¡Malo!—dijo ella.
—¡India!—dijo él.
Y se alejó, sacando la lengua. Al rato volvió.
—¡India, Pampa, china fea!—dijo adelantando la zarpa de nuevo.
Ella le pidió castañas; él la dió un puntapié. Y se marchó, soplándose los dedos: tanto frío hacía. La
muchacha acabó por sentirlo: abrigóse como pudo, pegada a la pared, y cerró los ojos, para contemplar
mejor las cosas lindas de la plaza: tanta bandera, tanta gente endomingada, los globos, la música y los
cohetes... La fatiga del trabajo diario la venció y quedó dormida, en el umbral, dando al olvido el
servicio de la mesa. Y como siempre que soñaba, veía a su madre, perdida, como sus hermanos, en la
gran ciudad, la odiosa escena de la Boca se reprodujo con fidelidad pasmosa: el buque atracado al
muelle; el muelle atestado de curiosos; sobre la cubierta el montón de indios sucios, desgreñados,
hediondos, como piara de cerdos que se lleva al mercado, cohibidos y temblando, por lo que ven y lo que
temen; las mujeres, cerca del marido; las madres, apretando a los hijos junto a los senos escuálidos y
tratando de ocultar a los más grandes bajo sus andrajos... Y un militarote, que arrastra su sable con
arrogancia, procede al reparto entre conocidos y recomendados, separando violentamente a la mujer del
marido, al hermano de la hermana, y lo que es más monstruoso, más inhumano, más salvaje, al hijo de la
madre. Todo en nombre de la civilización. Porque aquella turba miserable es el botín de la última batida
en la frontera...
Detrás de los cristales de la puerta del comedor, apareció una sombra: la señora Casilda escudriñaba
en la obscuridad; pero estaba la chica tan arrebujada, tan perfectamente escondida dentro de su refajo y
enroscada, por así decirlo, sobre el umbral, que era difícil distinguirla. La señora repiqueteó con los
dedos sobre el cristal y Pampa dió un salto, despertada bruscamente por este llamamiento, que ella
conocía bien.
—¡Voy, niño, voy!—barbotó medio dormida.
Ambos puños en los ojos, entró sin darse mayor prisa. ¡Vamos! no la dejarían tranquila nunca.
En el comedor, don Pablo Aquiles ocupaba todavía el sillón y misia Casilda había vuelto a sentarse en
el sofá, sus manos de cera extendidas sobre la falda negra; se esperaba al niño, a Quilito, que había
subido a su cuarto y nunca acababa de bajar a comer. La cocinera asomó dos o tres veces su cara
encendida.
—Espere usted que el niño baje—decía la señora con su voz de flauta.
Entretanto, don Pablo Aquiles volvía al tema que tanto le preocupaba: su inasistencia al Tedéum.
¿Cómo presentarse a la luz del día con un frac descolorido, deshilachado y remendado? ¿y la galera
color de cucaracha, con golpes de grasa atornasolados? ¿y el pantalón, con rodilleras y flequillo? ¿y las
botas, con puertas y ventanas, para comodidad de los dedos y recreo del calcetín? ¡Siquiera fuese
permitido ir a tales solemnidades en traje de paisano, con chaqué o chaqueta, pantalón a cuadros y
sombrero hongo! Pero su traje de ceremonia estaba verdaderamente indecente, más gastado por el tiempo
y la polilla, que de haberle llevado a cuestas; la chistera no sufría ya la plancha, porque había perdido el
pelo y las botas estaban en manos del remendón de la esquina, por más que decía Quilito, y era
peritísimo en la materia, que el becerro no sienta al frac y el charol, de no ser nuevo, no sirve para
maldita la cosa. Y vaya un modesto empleado de ochenta pesos al mes, que tiene que sostener una
familia, y dar carrera al hijo único, que, por tratarse con lo más granadito de la sociedad, está obligado a
presentarse con decencia; vaya, digo, un empleadillo de éstos, a mandarse hacer un frac cada dos
carnavales y a gastarse la asignación mensual para cigarrillos del niño en botas de charol, con que poder
ir a cortejos oficiales. En el Ministerio, habíale recomendado el jefe que no faltara.
—Vargas, que no deje usted de venir. Vargas, que ya sabe usted que a S. E. le complace que vengan
todos los empleados.
Prometió ir, pero no fué. No fué, porque no pudo; porque los ochenta pesos de su sueldo no le
alcanzaban para comer, pagar la casa... y las cuentas de Quilito, la esperanza y el orgullo de la familia.
¿Qué le diría el jefe al día siguiente? Iba a entrar en la oficina sin hacer ruido, tratando de no llamar la
atención, y sin chistar se sentaría en su despacho y trabajaría hasta las seis, sin levantar cabeza. Y si a la
hora del te, en que pasan los negros con las bandejas repletas de tazas, venía el jefe, como de costumbre,
a liar un cigarro y echar un párrafo, le daría cualquier excusa, porque él era hombre tan estricto en el
cumplimiento de sus deberes, que consideraba falta grave haberle dicho que iría y no haber ido.
Volviéndose a su hermana, más atenta a sus manos que a su discurso, exclamó:
—¿Quién diría que un Vargas, Casilda...?
No concluyó la frase, pero sobrada elocuencia tenía el movimiento melancólico de su cabeza. Cuando
se ha tenido y ya no se tiene, el pan negro se hace más amargo y el blanco más deseado, y los Vargas lo
habían comido sobre manteles de holanda...
—Ese Quilito que no baja—dijo impaciente la tía.
—Estará acicalándose para la función de gala—contestó don Pablo Aquiles,—ya que no ha podido ir
su padre al Tedéum, que luzca el niño su frac nuevo en Colón.
El día anterior lo había pagado, juntando algunos picos sobrantes de meses atrasados, retardando la
cuenta del almacén y del carnicero y pellizcando en la caja del Ministerio, gracias a la complacencia del
habilitado y correspondiente recibo por adelantado de sueldos. Porque Quilito, un Vargas, no podía andar
vestido de cualquier manera, sino como correspondía a su origen, y a sus relaciones y a su porvenir. Que
en la chimenea faltara leña y carne en el puchero; pero la camisa de Quilito, el sombrero de Quilito, las
botas de Quilito y el traje de Quilito, habían de ser de la más irreprochable elegancia y novedad. Y no se
sufragaban sus gastos de coche y palco, porque lo proporcionaban sus amigos, hijos de millonarios todos,
y por ende, riquísimos. ¡Válgame Dios! pensar que Quilito fuera a apolillarse en una oficina, se
embruteciera en una estancia o se degradara en el comercio... ¡Un Vargas! El niño estudiaba leyes y sería
abogado, y estamparía su título sobre plancha de bronce, en la puerta de calle, como muestra de
sacamuelas. Y esto tenía que ser el punto de partida de sus brillantes destinos. Lo que no sabía el padre,
ni lo sabía la tía, que le mimaba como no lo hubiera hecho su propia madre, es que el niño no parecía por
la Facultad y seguía estudios menos académicos en aulas más favorecidas.
Siempre que don Pablo Aquiles volvía de la oficina, éste era el tema favorito de conversación con su
hermana; sentado al lado de la lumbre, cuando había leña, y mirando melancólicamente los pajarracos de
la pantalla de chimenea, cuando ésta estaba apagada. Pero en esta noche del 25 de Mayo, no era sólo su
falta en el cortejo lo que le preocupaba: había tenido un encuentro aquel día, ¡y qué encuentro! en la calle
Florida, en el sitio más frecuentado, cuando iba él más distraído; ¡cataplúm! la gente esa, la familia de
Esteven, frente a frente, a pie, en la misma acera; la mamá y las dos niñas, tan esponjadas y orgullosas,
que rebosaban de la acera. Aquí misia Casilda dejó de mirar sus manos, y se puso pálida, muy pálida.
—Y ¿qué hiciste?—preguntó ansiosa;—cruzarías la calle, sin mirarlas.
—Me quedé plantado—contestó don Pablo Aquiles.
La señora protestó. Siempre había de ser el mismo. Haberse hecho el indiferente, y seguir su camino,
como si tal cosa, canturriando algo para darse aplomo; que, al fin y al cabo, quien debiera perderlo era
ella, Gregoria, como mujer y casi cómplice del picaronazo de su marido. Pues ¡qué! no era la primera
vez que ella se las había encontrado, no en la calle, frente a frente, sino en tiendas, lado a lado, viendo
telas y regateando con el dependiente, como si no tuvieran lo poco suyo y lo mucho de los otros, total,
una gran fortuna; y sin embargo, ella... tan tranquila. No tenía por qué ponerse colorada y a soberbia
nadie le ganaba. Con esto, estaba misia Casilda tan agitada, que su cara de muñeca se había encendido,
hasta el punto de hacer dudar de su aserto.
—Pero, Casilda—dijo don Pablo Aquiles,—es nuestra hermana, ¿podremos negarlo?
—Sí, lo niego; el parentesco no lo hace la sangre, sino el cariño, ¿qué quieres? yo soy así.
¿No era cosa que clamaba al cielo que, mientras ellos comían los mendrugos de la miseria, él, atado al
potro de una oficina, esclavo de un sueldo miserable y expuesto el día menos pensado a un puntapié del
ministro; ella, lidiando con el trajín de la casa, sin más criados que aquella indiecita y la italiana,
remendando ropa, punteando medias y hasta fregando cacerolas, si era menester; Quilito, ese pobre
muchacho, obligado, muchas veces, a hacer mal papel entre sus amigos, él, que nació entre encajes; los
Esteven, ladrones de su fortuna, se regalen y se den la gran vida con lo que no es de ellos, con lo que han
robado, sí, señor, robado? Daba a esta palabra tal acentuación, que parecía un latigazo. ¡Y luego,
pretender perdón y olvido! Bastante se había hecho con evitar el escándalo, no acudiendo a los
tribunales, contentándose con romper toda relación. En cuanto a Gregoria (no quería llamarla Goyita,
como antes, porque no lo merecía), había demostrado tener menos corazón y menos entrañas que el
bribón de don Bernardino; porque éste no tenía en sus venas sangre de los Vargas, y por eso la chupaba
sin remordimiento, pero ella era Vargas por los cuatro costados, y sin embargo, le ayudaba a chuparla.
¿Había nunca pronunciado una palabra de reconciliación? ¿No se había mantenido encastillada en su
orgullo, fulminando con su insolente desprecio a sus hermanos despojados?
Don Pablo Aquiles callaba, convencido de la verdad y justicia de aquellas lamentaciones. Y misia
Casilda, tan bondadosa y tranquila siempre, una malva, según la expresión de sus amigos, honroso
calificativo de que rara vez es merecedora una solterona, no podía estarse quieta, porque aquel tema de
los Esteven la sacaba de sus casillas; movía los vasos, cambiaba los platos, con movimientos nerviosos,
sin fijarse donde colocaba los objetos, hablando a borbotones. Seguro que aquella noche iban a Colón,
como que tenían abono a palco bajo, con mucho relampaguco de piedras y mucho crujir de seda;
entretanto, ellos comerían su carbonadita en paz y gracia de Dios y se acostarían a la hora de las
gallinas, para no gastar mucha luz, pues el gas está cada día más caro. Aquí, una copa se quejó tan
dolorosamente entre los dedos de la señora, que cayó partida en dos sobre el mantel, detalle en que no
paró mientes misia Casilda, tan sobreexcitada y fuera de sí estaba. ¡Si le parecía que fué ayer la muerte
de Pilar; la venta de la casa paterna, calle de Méjico; la desaparición de muebles, alhajas y efectivo entre
las manos de don Bernardino, el albacea de la testamentaría, el depositario de la confianza de los tres
herederos! ¡que fué ayer cuando quedaron casi sin techo, obligado él, don Pablo, a acudir a la influencia
de los amigos, para calzar un empleíto, que ayudara a tirar adelante! que fué ayer cuando Esteven, con el
luto todavía del suegro, se presentó en la casa, y después de mucho preámbulo y mucho carraspear, les
mostró no sé qué papelotes y leyó no sé qué cuentas... total, que les entregó unos veinte mil pesos, la
parte de la herencia que les correspondía; pues lo demás se había ido entre escribanos, abogados y papel
sellado. Entretanto, los Esteven subían, subían y subían, como globo hinchado por el gas, y hoy era una
casa en tal parte, y mañana dos y luego tres, coche, palco, caballos y mucho ruido y mucha bambolla. ¿De
dónde salían estas misas? ¿Era de los negocitos del marido, de los picholeos equívocos, de la jugarreta
de Bolsa? A otro, que no cuela. En dos años que duró el arreglo de la testamentaría, por el incidente
aquel del pretendido hijo natural, don Bernardino había encontrado medio de acapararlo todo, de
devorarlo todo, insaciable, como lobo hambriento. ¡Diríase que hay un Dios para los pícaros! Y don
Pablo Aquiles que escuchaba, en silencioso coloquio con las cigüeñas de la pantalla, cerró el capítulo de
las lamentaciones de su hermana, exclamando sentenciosamente:
—Lo que hay, Casilda, lo que hay, es que los pillos reciben su recompensa en este mundo y los buenos
tienen que esperar al otro para alcanzarla, y según es ésta de problemática y aquélla de positiva, casi le
vienen a uno ganas de encanallarse, ya que de los pillos es el reino de la tierra.
Catalina, la genovesa, avisó una vez más que la comida se pasaba.
—¿Y ese Quilito? ¿qué hace ese muchacho?
—Iré yo a llamarle—dijo la señora.
Salió y subió a las habitaciones altas, donde encontró al niño de la casa, a medio vestir todavía,
plantado delante del armario de luna, a tirones con la corbata, que no conseguía poner a su gusto.
—Pero, ¡Quilito!—dijo la señora en la puerta,—¿acabarás?
—Entre usted, tiíta Silda, así me ayudará a atar la corbata.
Era él delgaducho y endeble, rubito y anémico, los ojos azules, muy grandes y muy abiertos, ojos de
tonto o de inocente, como angelote de retablo; estatura, menos que regular; señas particulares, ninguna...
al parecer. El cuarto era una liorna: las prendas de vestir se veían desparramadas por el suelo y sobre los
muebles; todos los cajones abiertos y el espejo del lavabo tan salpicado del agua de la palangana, que
parecía sudar de fatiga; un ligero tabique dividía la habitación en dos: la primera hacía las veces de
despacho o pieza de estudio, con una mesa en el centro, en que andaban revueltos los libros y los
papeles, advirtiéndose más novelas que textos y más álbumes de fotografías que cuadernos de apuntes; y
la segunda, alcoba y gabinete a un tiempo, con el techo muy bajo y las puertas muy estrechas; todo
modesto, casi humilde, pero aseadísimo, como que la escoba y el plumero de Pampa hacían maravillas,
bajo la inteligente dirección de misia Casilda.
—Vamos a ver esa corbata—dijo la complaciente tía,—y acabemos de una vez, que tu padre espera.
Y mientras anudaba los lazos a su gusto, con tal esmero que ponía en ello sus cinco sentidos, el joven,
con la cabeza echada atrás para facilitar la operación, se impacientaba porque aquello concluía nunca. Al
fin estuvo listo, se miró y se remiró; ahora el chaleco, luego, el frac...
—¿Sabe usted, tía, que me ajusta un poco? ¡Qué sastres!
Entretanto, la señora había quedado parada delante de un grabado puesto en la cabecera de la cama, en
lugar de la imagen de San Pablo, que yacía descolgada irreverentemente de su clavo. Y había por qué
quedarse parado, pues el tal cuadrito representaba una dama en traje tan primitivo, que no podía darse
más, ¡qué horror!
—Pero, ¡Quilito!—exclamó la tía escandalizada,—y aquí entra esa criatura y verá esta vergüenza.
Y él, sin volverse, muy tranquilo:
—Si es la Verdad, tía, o la Fuente, que no lo sé bien, ¿puede darse nada más natural?
Indudablemente, en cuanto a natural, lo era, y aun sobraba.
—¡Cómo estará Colón esta noche, tía!
¿Por qué no iba ella a la cazuela? Mucho calor y mucha gente, pero una noche de las fiestas Mayas no
debe desperdiciarse. El tenía una butaca, que le había regalado, ¿a qué no sabía quién? ¡Jacintito
Esteven! Este nombre hizo en la tía el efecto de una picadura. Si ya sabía que andaba en grande con el
chico de Esteven, pero ella no se lo perdonaba, porque no debía olvidar que aquella familia era enemiga
de la suya y la causante de la triste situación en que se hallaban.
—Pero, ¿qué culpa tiene Jacintito, tía Silda? Es un excelente muchacho, muy alegre y muy trabajador, a
pesar de su fortuna; ¡ha puesto un escritorio de corretajes en la calle Piedad!
Con la tía Goya era otra cosa; él no la saludaba, y en cuanto a don Bernardino, no hacía aún dos días le
había tomado la acera, dispuesto a armar camorra. Bien sabía Jacinto que él no podía verles, a causa de
los disgustos de familia, pero no por eso eran menos amigos; todas las tardes se reunían en el escritorio,
y allí discutían si debían entrar o no en la jugada bursátil del día. Porque él jugaba en la Bolsa, sí, señor,
convencido de que la carrera de abogado no le sacaría nunca de pobre, y de que, después de mucho
romperse la cabeza, alcanzaría un título, que no sirve de otra cosa, que para adorno del apellido, y se
vería obligado a mendigar un empleo, que no conseguiría sino a fuerza de hacer antesala a mucho tipo
con influencia y sin educación, y de gastar saliva y paciencia. El tenía que ser rico, abrigaba el firme
propósito de serlo y lo sería. Y del modo más fácil, sin matarse trabajando, ni vaciándose el cerebro; sin
que sufran ni los brazos ni los sesos; juego a la alza, sube el oro, gano; juego a la baja, baja el oro, gano.
Y se necesita ser muy torpe y muy desgraciado, para que suceda lo contrario. Si la suerte le favorecía,
bueno; si no... se pegaba un tiro. Tan cierto, como ahora es de noche.
Misia Casilda tomó a lo serio aquello y se asustó. ¡Vaya un bonito modo de pensar! Quién le metía a él
en la Bolsa, sin experiencia y sin fondos, porque, sin duda, para comprar oro y comprar acciones, y jugar
a la baja o a la alza, como él decía, se necesita tener con qué; lo mismo que en la ruleta de los garitos. El
joven se rió.
—Pues no, no se necesita, y ahí está la gracia. Se da orden al corredor de comprar tanto o cuanto, y una
vez hecha la operación y llegado el día de liquidar, se deducen las ganancias o las pérdidas, y en caso de
mala suerte se paga o no se paga.
Perfectamente. Para pagar se necesita dinero y para no pagar, no tener vergüenza, y como ella sabía,
que escaseaba tanto de lo uno, como le sobraba lo otro, pues no podía creerse otra cosa, le aconsejaba
que se dejara de alzas y de bajas y se ocupara seriamente de sus estudios, que debían andar muy
descuidados con aquella manía de la Bolsa, que le había entrado. Si no hay cosa mejor que ganarse el
pan honradamente, por sus cabales, con tesón, sin impaciencias ni desfallecimientos, que así se va lejos,
y de golpe y porrazo no puede hacerse nada bueno. Quilito volvió a reírse.
—Mire usted, tía, no de otra manera se hacen fortunas en Buenos Aires; ahí tiene a fulano, a zutano y a
mengano: ¿dónde se han hecho ricos? ¿detrás de un mostrador? No, en la Bolsa. Ayer no poseían un
centavo y hoy se les saca el sombrero. Yo quiero hacer como ellos y ser como ellos.
Bien se veía que el tal Jacintito le había imbuído aquellas ideas; ¡si siendo Esteven no podía ser bueno!
Quilito ensayaba el frac delante del espejo. ¡Cuán equivocada estaba! era excelente... y luego tan
cariñoso con sus hermanas, y Susana y Angelita se lo merecían todo, francamente. ¿No le parecía que los
faldones no caían bien?
—Lo que no cae bien—replicó con acritud misia Casilda,—es tanto elogio de osa gente en tu boca.
—Convénzase usted, tía, que es porque no les conoce; los viejos serán todo lo que usted quiera, pero
los hijos son diferentes.
Susana y Angelita eran las muchachas más bonitas de Buenos Aires, sin exageración; en Palermo no se
veía nada mejor. Luego, con una educación de primera, amables, sencillas... Siguió ensartando alabanzas,
hasta que la señora se impacientó.
—Mira, Quilito, que no seremos amigos, si no dejas ese tema; ya sabes cuánto me desagrada.
—¡Oh! tiíta Silda... ¡pues no faltaba más!
Estampó un beso sonoro en la lustrosa mejilla de la señora, acompañado de cariñosos palmoteos en la
espalda.
—Eres un loco, ¿cuándo sentarás el juicio?
No le quitaba ojo, admirada de su aire desenvuelto y de lo bien que le caía el traje de etiqueta; la luz
del gas le volvía más pálido y señalaba sus profundas ojeras, esa huella de las malas noches que no
puede ocultarse. El, mientras hacía jugar el resorte del claque, ensayaba la petitoria de ordenanza, algo
para llevar en el bolsillo, dos pesos siquiera, que le prometía devolver intactos; como después del teatro,
es fuerza ir a tomar cualquier cosa al café y cuando llega el momento de pagar al mozo, es costumbre
echar mano a la cartera, discutiendo con los amigos el mejor derecho a satisfacer el gasto, él, siempre
que llegaba el caso, mostraba el billete sin soltarlo, mientras daba tiempo al vecino de saldar cuentas.
¡Qué papel iba a hacer aquella noche si no tenía dinero que mostrar! dos pesos siquiera... la tía era
bastante rica, porque poseía su rentita de las cédulas hipotecarias y el alquiler de la casita aquella. ¡Buen
alquiler te dé Dios! cien pesos, que el inquilino, un herrero con más hijos que días tiene el año, no le
pagaba nunca, siempre llorando lástimas y pidiendo prórrogas. Sí, ¿pero las cédulas? eso es seguro.
—Tiíta Silda, se los devolveré intactos.
Así decía siempre, y luego venía con esto y con lo otro, pero con las manos vacías. ¿Qué había hecho
de los veinte pesos de la semana anterior? Quilito, con la cara muy afligida, dijo que los había gastado en
muchas cosas, en muchísimas cosas, en libros, por ejemplo... Bien está, le prestaría los dos pesos, pero
con la condición que no había de tirarlos de mala manera. Y mientras el joven intentaba hacerla dar unas
vueltas de vals, en señal de regocijo, ella le espetaba el sermoncito con que solía sazonar sus dádivas.
Más seriedad y más contracción al estudio; la vida que llevaba, no era conveniente para un mocoso que
no tenía pelo de barba; aquellas trasnochadas frecuentes, sobre todo, debían concluir, por su salud y por
su nombre. Que no le viniera con dianas, que ella se sabía bien que a las tantas no se vuelve de la iglesia,
y no pusiera en el duro trance a su padre de quitarle la llave de la puerta de calle que, por mal de sus
pecados, había conseguido ella se le diera antes de cumplir los catorce años. Luego, ¡menos gastos! ¡si en
aquella casa nunca se acababa de pagar sus cuentas! ¿se figuraba, acaso, que tenían algún tesoro
escondido? Ni la rentita de las cédulas, ni el sueldo de don Pablo alcanzaban para cubrirlas. La situación
de la familia no permitía aquellas ruinosas liberalidades, de que él abusaba; ¿a dónde iban a parar por
aquel camino? El joven dió un bostezo.
—¿Tiene usted, tiíta, el dinero a mano?—preguntó.
Y mientras la señora buscaba en el bolsillo, él largó las botaratadas con que siempre respondía a tales
prédicas: si no había que apurarse por tan poca cosa, cuando él trabajaba por echar los cimientos de la
fortuna de la familia, y lo conseguiría en un dos por tres, porque además de sus operaciones de Bolsa,
tentaba al demonio de la lotería, comprando un numerito en cada jugada. Ya verían cuando entrara por
aquellas puertas, con la gran noticia: ¡el número tantos, su número, con tantos miles de miles de premio!
¡o en tal venta de acciones, han resultado cuántos millones de ganancia! todo así, de la noche a la mañana.
Hacerse rico de otro modo, no tiene gracia. Se desloma uno sobre el yunque, suda el quilo, gasta su
juventud, y cuando la mano tiembla y el cuerpo no puede tenerse en pie, alcanza el fruto de su trabajo, ¿de
qué le sirve entonces? ¡para pagarse el responso y hacer gozar a los demás! No se vería él en ese espejo.
Mascar mientras haya dientes, porque a boca desportillada sabe mal el mejor bocado. Pronto iba a
cumplir veinte años: pues antes, mucho antes de cumplirlos, sería rico o por lo menos estaría en vía de
serlo. Y entonces...
—¡No le digo a usted nada, tiíta, no le digo nada!
La señora le oía y se reía. ¡Qué cabeza más destornillada! era un tarambana, y nunca haría cosa de
provecho, si no tenía más juicio y no dejaba de lado aquellas ideas de fortunas improvisadas, que le
quitaban el sueño. Dióle el billete de dos pesos, que sacó de su cartera de tafilete, a tiempo que don
Pablo Aquiles golpeaba las manos en la puerta del comedor, impaciente. Tía y sobrino bajaron la
escalerilla, encontrando en el patio a Pampa, que pasaba con la sopera humeante en las manos; ya don
Pablo Aquiles se había sentado a la cabecera de la mesa y desdoblaba con calma la servilleta.
—¿Qué es esto, caballerito? ¡cómo se hace usted esperar!
Minia Casilda ocupó su asiento, mientras Quilito sacaba los guantes del bolsillo interior de su abrigo,
arrojando de paso una mirada a la mal provista mesa: el mantel, remendado a trechos, no alcanzaba a
cubrirla; la vajilla era de loza, tan maltratada, que el borde de los platos parecía haber estado expuesto a
los mordiscos de hambrientos canes; los cubiertos, desdentados los tenedores y gastados los cuchillos.
—Yo no como aquí—dijo el joven, enfundando las manos en sus guantes, como en el Café de París, con
unos amigos.
¡Muy bien! ¿y para eso había hecho esperar tanto tiempo? ¡Ir a comer fuera, cuando la tía se había
esmerado tanto en la confección de aquellos hojaldres, que olían deliciosamente, recién saliditos del
horno! Quilito dijo que tenía un compromiso anterior con los tales y los cuales, citando media docena de
nombres del más legítimo high-life, y mientras sacaba con negligencia un grueso habano y se disponía a
encenderlo, añadió, dirigiéndose a su padre:
—Esta tarde encontré a tu jefe, el Subsecretario, y me preguntó si estabas enfermo; le dije que sí, ¿he
hecho mal?
—No, señor, perfectamente.
¿De qué otro modo disculpar su falta? Ya se encontraría bueno al día siguiente, para preparar la mejor
excusa. Tomó una fuente de manos de Pampa, y al colocarla sobre la mesa, insistió sobre aquello de los
hojaldres:
—¡Ea, anímate, muchacho! que esto vale más que tus trufas del Café de París.
—Si él es muy francés—dijo la tía,—y desprecia estas cosas.
Don Pablo Aquiles le miraba sonriendo y no se hartaba de contemplarle; ¡qué buen mozo y qué elegante
era! tenía los ojos de su madre, aquella Pilar tan amada, que tanto le había hecho sufrir, y también su
genio, un polvorín de explosiones sin consecuencia. Entretanto, el joven había tomado pie del dicho de
misia Casilda, para fundar sus teorías gastronómicas y anonadar con sus invectivas a la humilde cocina
casera... mucha grasa, mucho aceite y ningún aparato; una fuente que se presenta en la mesa sin adorno, es
como un comensal que se sienta en mangas de camisa. La señora empezó a toser, a causa del humo del
cigarro; daban las siete.
—Buenas noches—dijo Quilito.
Y salió, haciendo resonar sus tacones sobre las losas del patio.
—¡Que te diviertas!—gritó el padre.
—¡Que no vuelvas tarde!—apuntó la tía.
Concluyó tristemente la modesta comida; con el último bocado se levantaron y Pampa entró a quitar la
mesa. Siempre sucedía lo mismo, cuando faltaba el niño; era él el alma, la luz, el calor y la alegría de la
casa, y sabía con su picante charla entretener a los viejos, que babeaban, escuchándole; ¡qué de cosas
refería, qué ideas las suyas y qué pico de oro aquél!
—Casilda—dijo don Pablo Aquiles a su hermana,—voy a salir; cuidado con la reja del zaguán, y no
dormirse hasta que yo vuelva, que no será tarde.
Abrigado en su ruso, que llevaba más de seis inviernos encima, salió a dar su paseíto higiénico de
costumbre; podía él perder la sobremesa, y aún la lectura de los diarios vespertinos, pero no su paseo de
digestión, que ocupaba lugar preferente en su programa de cada día.
Nadie hubiera dicho que era aquélla, noche de popular regocijo, en que se celebraba una fecha
memorable, tales eran la soledad, la tristeza y el silencio de la calle. Verdad es que la casa de don Pablo
Aquiles quedaba un poco al oeste y lejos, por lo tanto, del centro del bullicio, pero él pensaba lo que era
en sus tiempos aquella fiesta: de día, pruebas, palo jabonado, rompe-cabezas en la Plaza de la Victoria, y
fuegos artificiales, por la noche. ¿Qué digo en sus tiempos? hasta hace poco se cumplía idéntico
programa. Pero, como si la ciudad se avergonzara de que el extranjero la vea celebrar sus solemnidades
a la moda de aldea, aquellos populares festejos se han desterrado a los barrios extremos, y ha quedado la
gran plaza solitaria y fría, en medio de los resplandores de sus luces de gas. Don Pablo Aquiles no estaba
por estas innovaciones; pensaba en el entusiasmo que presidía entonces a las fiestas: en las pruebas, de
día; en los fuegos, de noche, que servían de pretexto para animada tertulia, no de soldados y niñeras,
compadritos y pilluelos, sino de damas principalísimas, que no tenían a menos descender de sus salones
a la arena de la plaza. ¡Cuánta mirada de amor, cambiada entre dos volteretas del acróbata! ¡Cuánto pacto
amoroso, sellado durante el colosal incendio de un castillo de colores! ¡Qué alegría entonces! los
balcones ostentaban colgaduras y las ventanas ramos de olivo y de laurel; las músicas recorrían las
calles, y el himno nacional resonaba en todas partes; dentro de su pecho, cantaba también el amor su
himno y el nombre de Pilar aparecía asociado al de la patria en aquel día de tantas emociones. Después...
los desengaños, la miseria, la vejez. ¿Qué mucho que le pareciera ahora, todo negro y todo triste? Pero él
no lo atribuía al lente de su pesimismo, y se decía:
—O ya no hay patriotas, o el cosmopolitismo va ahogándolo todo.
Seguía su camino, apoyado en el bastón, mirando, con burlona sonrisa, los colgajos de las tiendas de
carne y comestibles: las ramas de sauce de la puerta, los faroles de papel de la muestra y la vistosa
exposición del escaparate; en las casas, muy pocas banderas se veían, pero conforme iba acercándose a
las calles centrales, los establecimientos públicos y los comercios de lujo resplandecían de luces: en el
borde de las cornisas, a lo largo de las columnas, en balcones y ventanas, ya en haces, ya sueltas,
encerradas en bombas de cristal azul y blanco. Pero, la nota del entusiasmo popular no resonaba en parto
alguna; el silencio y la falta de animación contrastaban con el alegre espectáculo de las iluminaciones.
Hacía aquello el mismo efecto que un salón de baile, adornado y dispuesto para la fiesta, al que faltan los
convidados. Con el estruendo de costumbre sobre el malísimo empedrado, pasaban muchos carruajes,
cuyos cristales, empañados por el frío de la noche, dejaban apenas percibir la blanca forma de una dama
de copete; y seguían los tranvías su trotar monótono, entretenido el conductor en regalar el oído de los
viajeros con espantables sonatas de corneta.
Al entrar don Pablo Aquiles en la plaza de la Victoria, quedóse un rato, embobado como un chiquillo,
mirando las luces y las banderas. Y cátate que cuando más distraído estaba, deslumbrada la vista por los
resplandores del Cabildo y de la Catedral, sintió a su espalda el galopar violento de soberbio tronco y al
volverse, vió a Quilito, a su hijo, seguir, pegado a la pared, el carruaje que pasaba. ¿Quién diablos iba en
aquel carruaje? Vióle don Pablo llegar a Colón, abrirse la portezuela y bajar dos niñas de blanco, que al
punto no reconoció, y luego... misia Goya y don Bernardino Esteven, llevando detrás, como cosido a sus
talones, al mismo, al mismísimo Quilito. ¿Era casualidad? ¡Lo que le dió aquello que pensar! Volvióse
mohino, con la boca amarga sin saber por qué, tan preocupado, que tropezaba en la acera con las
bandadas de lindas muchachas, que se dirigían al teatro, ávidas de presenciar la función de gala. Echóse
al medio de la calle, para caminar con más desembarazo.

Cuando llegó a casa, Pampa dormía otra vez en el umbral de la puerta.
Carlos Maria Ocanto 
Bs As 

domingo, 8 de octubre de 2017

Leyenda de la Tatuana

El Maestro Almendro tiene la barba rosada , fue uno de los sacerdotes de los hombres blancos tocaron creyéndolo de oro , tanta riqueza vestían, y sabe el secreto de las plantas que lo curan todo, el vocabulario de la obsidiana- piedra- que habla- y leer los jeroglíficos de las constelaciones .
Es el árbol que amaneció un día en el bosque donde esta plantado , sin que ninguno lo sembrara , como si lo hubieran llevado los fantasmas .El árbol que anda...
El árbol que cuenta los años de cuatrocientos días por las lunas como todos los arboles , y que vino ya viejo del Lugar de la Abundancia.
Al llenar la luna del Búho -Pescador (nombre de uno de los veinte meses del año de cuatrocientos días), el Maestro Almendro repartió el alma entre los caminos .
Cuatro eran los caminos y se marcharon por opuestas direcciones hacia las cuatro extremidades del cielo .La negra extremidad :Noche sortílega : La verde extremidad: Tormenta primaveral .La roja extremidad Guacamayo o éxtasis del trópico . La blanca extremidad Promesa de tierras nuevas . cuatro eran los caminos .
-¡Caminin! ¡Caminito! ...- dijo el camino blanco una paloma blanca , pero el camino blanco no la oyó .
Quería que le diera el alma del Maestro , que cura de sueños. Las palomas y los niños padecen de ese mal .
¡Caminin! ¡Caminito!... - dijo el Camino Rojo un corazón rojo ; pero el camino rojo no lo oyo. Queria distraerlo que olvidara el alma del Maestro. Los corazones como los ladrones , no devuelven las cosas olvidadas .
-¡Camini! ¡Caminito!...- dijo el Camino Verde un emparrado verde , pero el Camino Verde no lo oyo . Quería que con el alma del Maestro le desquitase su deuda de de hojas y de sombra .
¿Cuántas lunas pasaron andando caminos?
¿Cuántas lunas pasaron andando caminos?
El mas veloz el Camino Negro, el camino al que ninguno habló , en el camino , se detuvo en la ciudad, atravesó la plaza y el barrio de los mercaderes, por un ratito de descanso dio el alma del maestro al Mercader de las Mercader de las joyas sin precio .
Era la hora de los gatos blancos. Iban de un lado a otro. ¡Admiración de los rosales!.Las nubes parecían ropas en los tenderos del cielo .
Al saber el Maestro lo que el Camino Negro había hecho , tomo la naturaleza humana nuevamente, desnudándose de la forma vegetal en un riachuelo que nacía bajo la luna ruborosa como una flor de almendro, y encaminose a la ciudad .
Llego al valle después de la jornada, en el primer dibujo de la tarde, a la hora en que volvían los rebaños, conversando los pastores que contestaban monosilabicamente a sus preguntas extrañados, como ante una aparición de su túnica verde y su barba rosada .
En la ciudad se dirigió al Poniente . Hombres y mujeres rodeaban la pilas públicas. El agua sonaba a besos en el barrio de los mercaderes encontró la parte vendida por el Camino Negro al Mercader de Joyas sin Precio . La guardada en el fondo de una caja de cristal con cerradores de oro .
Sin perder tiempo se acercó al Mercader , que en su rincón fumaba , a ofrecer por ella cien arrobas de perlas .
El Mercader sonrió de la locura del Maestro .¿Cien arrobas de perlas?!No sus joyas no tenían precio!
El Maestro aumentó la oferta. Los Mercaderes de negaban has llenar su tanto , Le daría esmeraldas grandes como maíces , de cien en cien almudes, hasta formar un lago de esmeraldas.
El Mercader sonrió de la locura del Maestro ¿Un lago de esmeraldas? ¡No sus joyas no tenían precio!
Le daría amuletos, ojos de manik para llamar el agua, plumas , contra la tempestad, mariguana para su tabaco...
El Mercader se negó sus joyas no tenían precio, y, ademas ¿a que seguir hablando? ese despacito de alma lo quería para cambiarlo , en un mercado de esclavas, por la esclava mas bella .
Y todo fue inútil , inútil que el Maestro ofreciera y dijera , tanto como lo dijo , su deseo de recobrar el alma . Los mercaderes no tienen corazón
Una hebra de humo de tabaco separaba la realidad del sueño , los gatos negros de los gatos blancos y al Mercader del extraño comprador que al salir sacudió sus sandalias en el quicio de la puerta .
El polvo tiene maldición después de un año de cuatrocientos días-sigue la leyenda- cruzaba los caminos de la cordillera el mercader . Volvía de países lejanos, acompañado de la esclava comprada con el alma del Maestro del pájaro flor cuyo pico trocaba en jacintos las gotas de miel y de un séquito de treinta servidores montados .
-¡ no sabes- decia el Mercader a la esclava arrendando su caballería-!como vas a vivir en la ciudad .¡ tu casa sera un palacio y a tus ordenes estarán todos mis criados , yo el ultimo, si así lo mandas tu! .
-Alla continuaba con la cara a mitad del sol - todo sera tuyo ¡eres una joya , y yo soy el Mercader de joyas sin precio !.¡Vales un despacito de alma que no cambie por un lago de esmeraldas !...En una hamaca juntos veremos correr el sol y levantarse el dia sin hacer nada oyendo los cuentos de una vieja mañosa que sabe mi destino. Mi destino, dice, esta en los dedos de una mano gigante y sabrá el tuyo , si así lo pides tu .
La esclava se volvía al paisaje de colores diluidos en azules que la distancia iba diluyendo a la vez .Los arboles tejían a los lados del camio una caprichosa decoración de guipil . Las aves daban la impresión de volar dormidas , sin alas , en la tranquilidad del cielo , y en el silencio de granito el jadeo de las bestias , cuesta arriba cobraba acento humano .
La esclava iba desnuda .Sobre sus senos hasta sus piernas rodaba su cabellera negra envuelta en un solo manejo como una serpiente . El Mercader iba vestido de oro , abrigadas las espaldas con una manta de lana de chivo . Palúdico y enamorado  al frió de su enfermedad se unía el temblor de su corazón .Y los treinta servidores montados llegaban a la retina como las figuras de un sueño
Repentinamente , aislados boquerones rociaron el camino , percibiendose mu lejos en los abajaderos , el grito de los pastores que recojan el ganado temerosos de la tempestad . Las cabalgaduras apuraron el paso un refugio pero no tuvieron tiempo : tras los goterones el viento azoto las nubes , violentando selvas hasta llegar al valle , que a la carrera se echaba encima las mantas mojadas de la bruma , y los primeros relámpagos iluminaron el paisaje como los fogonazos de un fotógrafo loco que tomase instantáneas de tormento .
Entre las caballerías que huían como asombros , rotas las riendas ágiles las piernas , grifa la crin al viento y las orejas vueltas hacia atrás , un tropezón del caballo hizo rodar al Mercader al pie de un árbol , que fulminado por un rayo en ese instante , le tomo con las raíces con una mano que receje una piedra y le arrojo al abismo en tanto , el Maestro  Almendro , que se había quedado en la ciudad perdido deambulaba como loco por las calles asustando a los mismos juntando basura y dirigiendo de palabra a los asnos bueyes y a los perros sin dueño, que para el formaban con el hombre la coneccion de bestias de mirada triste .
-¿Cuantas lunas pasaron andando los caminos? ... -preguntaba de puerta en puerta a las gentes , que cerraban sin responderles extrañadas ,como ante una aparición de su túnica verde y su barba rosada  .
Y pasado mucho tiempo , interrogando a todos se detuvo a la puerta del Mercader de Joyas sin precio a preguntar a la esclava, única sobreviviente de esa tempestad :-¿ Cantas lunas pasaron andando los caminos ?....
El sol que iba sacando la cabeza de la camisa blanca del dia , borraba en la puerta claveteada de oro y plata la espalda del Maestro y la cara morena de la que era un despacito de su alma joya que no compro con un lago de esmeraldas .
-¿Cuantas lunas pasaron andando los caminos ?... entre los labios de la esclava se acurruco la respuesta y endureció como sus dientes .El Maestro callaba con insistencia de la piedra misteriosa .Llenaba la luna del búho pescador .En silencio se lavaron la cara con los ojos al mismo tiempo , como dos amantes que han estado ausentes y se encuentar de pronto .
La escena fue turbada por ruidos insolentes . Venían a prenderles en nombre de Dios y el Rey por brujo a el y por endemoniada a ella .
Entre cruces y espadas bajaron a la cárcel , el Maestro con la barba rosada y la túnica verde , y la esclava luciendo las carnes que de tan firmes parecían de oro .
Siete meses después se les condeno a morir quemados en la plaza mayor . la víspera de la ejecución el maestro acercose a la esclava , y con la uña le tatuó un barquito en el brazo , diciendole: -con virtud de este tatuaje, Tatuana vas a huir siempre que te halles en peligro , como vas a huir hoy . . Mi voluntad es que seas libre como mi pensamiento ; traza este barquito en el muro en el suelo , en el aire , donde quieras , cierra los ojos , entra en el y vete....
¡¡¡Vete, pues mi pensamiento es mas fuerte que ídolo amasado con cebollin!!! .
¡¡¡Pues mi pensamiento es mas dulce que la miel de la abejas que liban la flor del suquinay!!! .
¡¡¡Pues mi pensamiento es el que se torna invisible!!!.
Si perder un segundo la Tatuana hizo lo que el Maestro dijo : trazo el barquito cerro los ojos y entrando en el - el barquito se puso en movimiento- escapo de la prisión y de la muerte .
Y a la mañana siguiente, la mañana de la ejecución, los alguaciles encontraron en la cárcel un árbol seco que tenia entre las ramas dos o tres florecitas de almendro ,rosadas todavía.
                                                                                                                  Miguel Ángel Asturias 1930


miércoles, 28 de junio de 2017

sábado, 5 de marzo de 2016

Los Campanelli

Mostraba situaciones cómico-dramáticas de una típica familia extensa argentina de clase media (con hijos en ascenso social) cuyo patriarca era de ascendencia italiana que se reunía cada domingo a comer ravioles (la típica raviolada dominical argentina) o sino el también típico dominical asado o , si no los tallarines caseros "hechos por la nona (abuela)"; aunque el patriarca era evidentemente un "tano" (en lunfardo: italiano o inmediato descendiente de italianos) su esposa parecía ser acaso criolla o de orígenes quizás españoles aunque habituada por la intimidad y el amor a preparar pastas; los hijos, hijos o hijas políticos y políticas (hijo o hija político/a es el pariente que un padre tiene como yerno o como nuera) los hijos de los hijos es decir los nietos y bisnietos etc y sobrinos de este matrimonio (era común en la primera mitad del siglo XX que cada matrimonio tuviera muchos hijos siguiendo el refrán "todo hijo trae un pan bajo el brazo", pese a que en la ciudad de Buenos Aires ya a inicios de siglo XX hubo una especie de maltusianismo generalmente no consciente debido a la búsqueda de ascenso social que privilegiaba un "hijo dotor" - un hijo diplomado universitario en una "carrera" lucrativa y prestigiosa en lugar de varios hijos "pobres") así en Los Campanelli los hijos estaban casados (tal como era bastante frecuente en la realidad) casi siempre con argentinas o argentinos de otros orígenes. Aunque era sintomático que la familia Campanelli pareciera concluir en hijos e hijas jóvenes, unos ya casados y otros con propensión a la soltería y a cierta propensión a la promiscuidad (presentada como picardía, estos eran los personajes actuados por Santiago Bal -que parecía reproducir a un Isidoro Cañones- y por Liliana Caldini que era la bella joven rubia y de ojos claros de veinte años recién cumplidos que siempre estaba inocentemente ubicada en situaciones sexuales algo comprometidas, ambos muy jóvenes -hijo e hija- abusaban de la confianza del padre al relatarle sus andanzas en una jerga contemporánea desconocida por el padre y que engañaba al padre anciano que suponía entender las trapizondas "explicadas" por estos hijos creyéndolas buenas e inocentes acciones, por ejemplo ante el vivillo hijo menor el padre inocentemente creyendo que le habían relatado una buena acción le respondía en cocoliche: "¡É un ányelo, non vuola per que é picchione!" es decir: "¡es un ángel, no vuela porque es pichón!" ) y sin embargo algo es muy sintomático: que en esa familia de clase media no aparecieran niños o niñas que indicaran la proyección exitosa de esta familia extensa en más nuevas generaciones.
Cada unitario de la serie semanal (que poseía un enorme ratings) poseía el esquema de una pareja patriarcal matriarcal ya prácticamente anciana de padres que congregaba mediante el amor a sus hijos e hijas (sanguíneos o políticos), sin embargo entre estos hijos (esta segunda generación de argentinos Campanelli) se producían rivalidades: comenzando por la rivalidad en la búsqueda de quiénes eran los preferidos por los padres; seguida por la rivalidad de quiénes habrían alcanzado mayor "status" -lo de mayor "status" se suponían los preferidos por los padres y lo hacían notar desdeñando a los de "menor status"-, esto llevaba a que la reunión familiar que se iniciaba con cortesías forzadas entre los parientes de la segunda generación paulatinamente, mientras se esperaban los ravioles o los tallarines hechos a mano por la madre, comenzaran a disputar por nimiedades, malos entendidos o por el éxito logrado en la sociedad.
Esta "eterna batalla familiar" terminaba a la hora del almuerzo cuando Don Carmelo, el patriarca familiar proclamaba con fuerte acento italo-argentino (cocoliche): "¡Basta! ¡non quiero oire ni el volido de una mosca!", luego cuando los comensales en la gran mesa se calmaban el mismo patriarca estimulado por la matriarca se expresaba alegre y casi nostálgico, abrazando a su esposa en la cabecera de la mesa decía sonriente: "¡Qué lindos son los domingos!...¡No hay nada más lindo que la familia unita!". (Esto se supone era dicho con convicción por el personaje actuado -"Don Carmelo"- pero dado que se trataba del guión de una ficción parece notarse una especie de sarcasmo por parte de los guionistas que se expresaban en tales dulces frases).
No faltaba un cierto autoritarismo de parte del patriarca (y solapadamente, de la dulce matriarca) sin embargo el conflicto era solucionado de un modo persuasivo, apelando siempre al cariño, el consenso dado por el sentido común (aunque el sentido común puede ser falaz), a la solidaridad mutual y a la sabiduría de los ancianos, es decir de un modo bastante batjiniano  (aunque los autores de esta serie quizás nunca hubieran leído a Bajtin).


sábado, 27 de febrero de 2016

Gente


"Gente"

Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;
que con solo sonreír entre los ojos,
nos invita a viajar por otros mundos
y permite florecer todas las magias.

Hay gente que con solo dar la mano,
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas;
que con solo empuñar una guitarra
te regala una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca,
llega hasta los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas.
Y se queda después como si nada.

Y uno se va de novio con la vida,
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria. 

Hamlet Lima Quintana